Cogimos el tren en tercera clase para llegar a Jodhpur, la ciudad azul de Rajastán. Sobre esto lo único que tenemos que decir es que es mejor coger la litera a nivel de suelo o las literas laterales, ya que la litera de arriba tiene el aire acondicionado continuamente en funcionamiento y un techo muy bajo. Nos pasamos el trayecto durmiendo como lirones y llegamos a Jodhpur a las siete de la mañana.
Llegando a Jodhpur
Jodhpur es la tercera ciudad en la que ponemos un pie y, al igual que Delhi, rebosa de contaminación, alguna gente en la calle y en las motos llevaba pañuelos cubriéndoles la boca y la nariz, para facilitar la respiración. Una vez te acostumbras, no está tan mal.
Jodhpur nos encantó. Hay mucha gente que decide no parar en Jodhpur porque “sólo es una gran ciudad con un fuerte y en la India hay muchos fuertes”. Nosotros opinamos que perderse por Jodhpur no tiene precio.
Templo en mitad de la ciudad.
Nos encantó haber llegado a Jodhpur tan temprano. Esto nos dio la oportunidad de ver como despertaba la ciudad. Salimos de la estación de camino al fuerte, el cual es muchísimo más grande que el de Jaisalmer, pero es muy difícil de ver desde la ciudad, pues los edificios cubren la vista del fuerte a pie de calle. Dirigiéndonos a donde creíamos que estaba el fuerte, nos perdimos en la antigua Jodhpur, la ciudad azul. Nos maravilló ver la gente de allí y cómo hacían sus vidas. A diferencia de Jaisalmer, a la mayoría no le interesaba mucho si eras un turista o no, y como mucho te dedicaban una sonrisa picarona o te decían hola y te daban los buenos días. La mayoría de las tiendas y carteles estaban en hindi, demostrando el poco interés de esta ciudad en los turistas.
Vimos muchísimos niños muy repeinados con distintos uniformes, todos muy bonitos y muy planchados, yendo al cole andando o en tuk-tuk. Las niñas, por regla general. llevaban dos trenzas con lazos. Había muchísimas niñas yendo al cole. Más que niños, incluso.
También tuvimos la oportunidad de ver como abrían los primeros puestos de chai, de samosas y de dulces. Probamos samosas recién hechas, tan ricas como las de Jaisalmer, pero menos picantes y con el relleno hecho puré en vez de trocitos.
Todas las señoras y los hombres se acercaban con sus jarras a comprar leche de vaca recién ordeñada en los puestos de leche, y, a diferencia de Jaisalmer, cada cual barría su entrada intentando que la cantidad de basura que caracteriza a las ciudades de la India se viera reducida.
Claramente pudimos observar por qué esta ciudad es llamada la ciudad azul. Vimos un sinfín de casas cuyas fachadas iban del azul más pálido al más vivo, sin llegar nunca a adquirir tonos añiles.
Un colegio o academia militar azul.
Callejuela color cielo
Casa pitufo
Fuerte de Jodhpur coronando la ciudad
Llegamos en una hora, después de perdernos mucho, a la entrada menos turística del fuerte. De hecho, ni nos dimos cuenta de que era una entrada al fuerte hasta que unos señores sin entender una pizca de inglés insistieron en que fuéramos por ahí. El guardia nos dijo que el fuerte no estaba abierto a turistas hasta las nueve, así que seguimos andando.
Entrada lateral al fuerte
Encontramos un lago natural detrás de algunas casas y luego llegamos a la Jodhpur más profunda, donde la gente se dedicaba a rezar o a comprar para hacer la comida. Todo eran puestos de verduras, flores y dulces.
Azul a la vista
Haciendo amigos en Jodhpur
El lago escondido
Cuando encontramos de nuevo el camino a nuestra entrada secreta del fuerte eran las nueve pasadas y Alberto, que es súper guay se ofreció a cargar con mi mochila durante toda la subida al fuerte. A esas horas pudimos contemplar cómo la gente que vive en el fuerte se entremezclaba con los turistas, muchos de ellos indios, que estaban visitando Jodhpur.
No hay duda alguna de que el reino de Jaisalmer, constantemente en guerra con el de Jodhpur, nunca podría haber conquistado el fuerte, mucho más grande, robusto e impenetrable que el de Jaisalmer. De nuevo, desistimos de pagar la entrada al fuerte, unas 700 rupias, pues había un poco de cola y no estábamos tan interesados como para pagar esa cantidad por ver la parte superior del fuerte, con lo que simplemente paseamos por las murallas.
Vista del fuerte a medio subir
Fuerte desde la entrada principal
Descanso para repostar
La ciudad desde el fuerte
Seguimos dando vueltas por el fuerte hasta encontrar la entrada habitual, llena de turistas y autobuses de todo tipo. Salimos por allí e intentamos identificar en el horizonte el palacio de Umaid Bhawan. Creyendo que lo habíamos encontrado, empezamos el descenso a la ciudad, donde nos perdimos de nuevo. Por el camino, encontramos un haveli y un lago. El lago estaba lleno de ofrendas que la gente había tirado. Los hombres que allí rezaban intentaban desesperadamente que los peces comieran algo de lo que les tiraban. Los peces, probablemente cebados, ignoraban el pan y el arroz hinchado. Sospechamos que debe dar buena suerte que los peces acepten tu ofrenda, pero nos falta confirmación.
Haveli
Vista desde el lago
Tras perdernos mucho por la ciudad, divisamos la montaña sobre la que según nosotros se erigía el Umaid Bhawan. Encontrar la manera de subir parecía imposible hasta que una anciana india, sin que nosotros preguntáramos, nos indicó con gestos qué calles tomar. Tras una subida serpenteante por callejones estrechos llegamos a una carretera que subía la montaña.
¡Localizado el palacio! (Mentira, es otra cosa)
No parecía que fuese peatonal, pero ya que estábamos allí no íbamos a parar. Llegamos a la cima, y nos encontramos con el Jaswant Thada, también llamado Taj Mahal de Marwar. Es un monumento en mármol construido en memoria del Maharaja Jaswant Sihghji II de Jodhpur. Tras su construcción todas las cremaciones y entierros de la familia real de Jodhpur se han realizado aquí. Muy bonito, pero resultó no ser el Umaid Bhawan que buscábamos.
Mientras tomábamos unas fotos, nos encontramos con Jose, un granadino que estaba visitando la ciudad. Empezamos a charlar con él y decidimos seguir visitando Jodhpur juntos, ya que Jose tenía un Rickshaw (Tuk-tuk) alquilado para todo el día.
Intercambiamos experiencias en la India mientras íbamos de un lado al otro en el rickshaw y visitábamos Umaid Bhawan.
Umaid Bhawan
Jose había vivido el lado más turístico de la india, ya que una amiga le organizó el viaje. Había estado en hoteles buenos, se había bañado en las playas de Goa, había visitado el show del desierto en Jaisalmer, … Así que decidimos darle otro enfoque y comer en un sitio indio, indio.
Paramos cerca de su parada de autobús. Jose tenía que irse a las tres y cuarto a Udaipur. Justo en esa manzana vimos un lugar que servía comida lleno de indios haciendo cola. Preguntamos como bien pudimos y tras unos minutos nos sentaron en una mesa con otro indio. Por lo que parecía, en este sitio solamente se servía un plato, así que debería ser fácil pedir.
El indio de nuestra mesa era un cliente habitual del local que chapurreaba inglés. Pudimos entender que era conductor de autobús y también iba a Udaipur, sólo que más tarde que Jose. Nos encargó cosas de comer en indio y un rato después se nos acercó el camarero con unas bandejas.
Nuestro amigo indio nos indicó que se trataba del “Most famous dinner in Rajhastan”, Dhalbati. Consistía en lentejas con curry (Dhal) y unas bolas de masa muy contundentes (Bati) acompañadas de cebolla y limón. Entre el camarero y él nos prepararon la comida. Había que desmigajar bien el bati, cubrirlo de curry, remover y luego echar por encima la cebolla y el limón. Estaba muy rico y llenaba muchísimo, ya que el dhalbati está pensado para que los pastores de Rajhastan puedan fácilmente llevárselo en sus recorridos por las zonas áridas y les de energía suficiente para todo el día. Esa noche ni cenamos.
Dhal Bati
Nos acompañaron la comida con chaas, una bebida con base de yogur viejo y agua aderezada con especias. Bastante más líquido que el lassi y nada dulce. Cuando vieron que no bebíamos de la jarra de agua, nos trajeron agua mineral. Un detalle. De postre, nos trajeron otra cosa, churma. Es otra bola, esta vez dulce y rellena de frutos secos. Parecía hecha de almendras y anacardos. Estaba buenísima. Para rematar, yo había visto un cartel muy llamativo en indio donde parecía haber dibujado un lassi. Me puse junto al cartel y lo señalé y le dije al camarero que quería tres. Se trataba del lassi más rico que habíamos probado hasta la fecha. Estaba medio helado porque lo guardaban en el congelador. Tenía también trozos de frutos secos.
Invitamos al conductor y a Jose y la cuenta fue de unas 400 rupias (5,4€). Súper barato para toda esa comida.
Luego el conductor insistió en que le acompañáramos a la oficina, que estaba a 20 metros. Creía que no teníamos billetes de autobús y quería intentar ayudarnos. Le explicamos que efectivamente teníamos y alegremente nos despidió.
Viva nuestro conductor, conductor…
Luego volvimos al restaurante con Jose que quería otra churma y otro lassi para el camino hacia Udaipur.
El señor del restaurante no le entendió bien y le dio una churma especial, era gigante, tres veces más grande de lo normal y, por supuesto, tres veces más cara.
Nos despedimos de Jose y comenzamos nuestra aventura de regreso a la estación de tren. Dos horas después llegamos allí. Hay que decir que la mayoría de los indios no dan indicaciones demasiado bien, creo que confunden la derecha y la izquierda.
Teníamos intención de ir esa tarde a Mont Abu, pero, tras revisar un poco más el plan, desistimos y decidimos comprar un billete para ir en autobús a Udaipur la madrugada siguiente.
Anduvimos durante horas para encontrar la agencia de viajes encargada del autobús que queríamos coger. A las siete y media conseguimos encontrarla y reservamos el bus. Después de eso solo faltaba tener una habitación. Estábamos en una zona no turística y todas las guest house nos decían chapurreando inglés que estaban full. No sé si se debió a que éramos extranjeros o a que misteriosamente estaban todas llenas, fuimos a unas 7.
Al final tuvimos que aceptar que habría que pagar más y nos fuimos a un hotel de verdad, donde pagamos unas 2400 rupias (30 euros) por la noche. Muy grande la habitación, pero, francamente, no hay tanta diferencia con las de 300 rupias y el personal te trata mucho peor.
Salimos del hotel a las 5 de la mañana tras dormir como troncos. Cuando fuimos a pagar nos encontramos con una sorpresa. ¡El de recepción no aceptaba nuestro dinero!
Resulta que la noche anterior, mientras dormíamos, el primer ministro indio anunció que los billetes de 500 y 1000 rupias (los dos billetes más grandes del país), dejaban de ser válidos con efecto inmediato. Parece ser que la idea es luchar contra los billetes falsos que inundan el mercado indio.
Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, no teníamos más que 30 rupias en billetes pequeños. Tras explicárselo, el recepcionista aceptó nuestros billetes de 1000, que se podrán cambiar en el banco durante los próximos meses.
Una hora después, estábamos subidos a un pequeño autobús de 15 plazas camino a Udaipur.






















Que majos todos !! Que guay es encontrarse españoles por el mundo :p que putada lo del dinero. Espero que no os den más problemas